20 de agosto de 2010

Cadiztorias: "¿Si o qué?"

Nota preliminar
El 8 de noviembre colgué la 1ª parte de este relato. Ahora lo cuelgo completo por si alguien se quedó intrigao. Advertencia: es largo de cojones.

¿Si o qué?

No soporto las muletillas; ya sabéis, esas frases o expresiones que de pronto se ponen de moda y se repiten hasta la saciedad. Me dan mucho coraje. Especialmente cuando están en plena etapa de expansión. Una de las que menos soporto es la de decir “entre comillas” haciendo el gesto con los dedos en el aire y poniendo cara de gilipollas; no lo soporto; es superior a mí. Si tuviera poderes y pudiera viajar en el tiempo, me dedicaría a averiguar quién es el primero que se las inventa y por ejemplo, en el caso del “entre comillas”, cortarle los dedos a la “altura de los hombros” (entre comillas, claro).
Las peores son las propagadas por la tele. Por ejemplo la de “pues va a ser que no”. Normalmente al principio tienen gracia, pero poco a poco la van perdiendo y acaban saturándote. Lo peor llega cuando te la meten doblá con la frasecita. Te cogen con la guardia baja y es cuando más te jode. Por ejemplo: vienes de Sevilla en pleno agosto a 50 grados y sin aire acondicionado en el coche, te sales de la autopista para entrar en un área de servicio y comprar una botellita de agua fría y cuando le dices al dependiente: -¿me da una botella de agua muy fría?, éste te contesta sonriendo -pues va ser que no… ¿No es pa matarlo?, te la mete hasta el fondo, te coge desprevenido. Además, contestar así implica mala leche y chulería, porque no es que te diga -lo siento, no me queda. No, te dice -va a ser que no, que puede significar -no me sale de los cojones darte agua, pringao. Luego, cuando vuelves a la autopista y ves la señal que dice que la siguiente área de servicio está a 70 km. te cagas en los muertos de Fernando Tejero, en los del señor Cuesta y en los de to la comunidad de vecinos de “Aquí no hay quien viva” (de hecho, estoy convencido de que a Jose Luis Moreno le partieron la cara porque él era el productor de la serie donde pusieron de moda la frasecita). Pero podría haber sido mucho peor, podría haberse dado el peor de los casos. El dependiente podría haberte dicho "pues va a ser que no", haciendo el gesto de las comillas y metiéndotela hasta el fondo doblemente…
Ahora hay una que está muy de moda que se está extendiendo a saco, y que es por la que verdaderamente odio las muletillas. La de “o ¿qué?”... ¿la habéis escuchao?... ¿si o qué?... Pues uno de esos días que te da el bajón, que no puedes pegar ojo, que estás cansado, que se te viene el mundo encima y necesitas hablar con alguien, quedé con un colega pa charlar un rato. Le conté que estaba to agobiao con el curro, que me había dejao mi novia, que el nuevo coche de Fernando Alonso no respondía bien en los entrenamientos… En fin, después de contarle mi vida durante veinte minutos y acabar diciéndole que estaba pensando muy seriamente en dejarlo todo y quitarme denmedio, me dijo -¿sí o qué?... -¿Ya está?, pensé; -¿es ese todo el interés que un amigo puede poner en ti?...¿sí o qué?...¿o qué qué?...¿eh?... él no se esperaba mi visceral reacción y lo dejé con la boca abierta en mitad de la calle. Me fui to mosqueao.
Para relajarme decidí aceptar la invitación de unos colegas que iban a una fiesta de jálogüin(1) en casa de unos orgasmus(2). Como no tenía nada que ponerme, pensé que lo mejor sería ir al centro, al “millonario”, a comprar alguna careta de zombi. Esperé el bus y al ir a pagar el billete el chofer me dijo:
-¿uno o qué?... -dos, pensé, -uno pa mí y otro pa tu puta madre, ¿po no me está viendo que vengo sólo cojone?... Me negaba a dejarme conquistar por aquella muletilla. Bastante me costó quitarme la de "jarr", la de "no puedo, no puedo" y la de "Pozí". Estaba tan cansado que me senté en el asiento del rincón del fondo del autobús dispuesto a no cederle el sitio ni a una vieja embarazada; sin duda me estaba endemoniando, pero quería estar tranquilo pa pagarla con el chofer y cagarme en sus muertos durante todo el trayecto; cruzando to Cádiz desde la primera a la última parada.

Como os dije, me dirigía al “millonario”, ya sabéis, la tienda del nota ese que vende juguetes, artículos de broma, jamones de coña, huevos rellenos de confetti y almohadones tirapeos.
Cuando entré, la tienda estaba empetá de gente comprando calabazas de plástico, caretas de zombis, extremidades amputadas, etc. Había varias pivas orgasmus comprándose kits completos de diablesa: minifaldas con cola de diablo, tridentes, cuernos…y porque el millonario no vende condones que si no…
También había varios abuelos comprándoles caretas de casper y disfraces de esqueletos a sus nietos (como si “de paisano” ya no dieran suficiente miedo losijoputa niño…) mientras miraban el culo a las diablesas de orgasmus, que a todo esto podrían ser sus nietas… En fin, la tienda empetá como siempre. Cuando me tocó el turno, le dije al millonario que quería una calavera de goma y él se volvió a buscarla al almacén. Sí, tiene de tó. Le pidas lo que le pidas tiene de tó. El millonario nunca dice que no tiene. Tarda un poco, a veces mucho, pero lo trae. Tras casi un cuarto de hora de tensa espera apareció con la calavera. Me dijo que era buena porque pa fabricarla usaba como molde una calavera real, la de su abuelo.
–ira(3), se ve hasta la huella de la brecha que le hizo mi bisabuelo cuando senteró que había dejao preñá a la vecina de trece años…a mi abuela vamos…
Siempre cuenta historias fantásticas de los objetos que vende; historias que nadie cree. Puso la calavera sobre el mostrador y me dijo: -¿quieres algo más o qué?...
Al principio no reparé en la frase. Pero fue quizás el hecho de estar especialmente sensible lo que me hizo frenar el impulso de contestar inmediatamente y pararme a reflexionar la respuesta. -¿Quieres algo más o qué?... ¿o qué?...¿o qué qué?... ¿qué opción es esa?...ya estaba harto de muletillas estúpidas y como no era la primera vez que la escuchaba, a la pregunta del millonario: -¿quieres algo más o qué?, contesté despacio y mirándolo a los ojos: -qué. Quiero qué.
De repente el tiempo pareció detenerse, la puerta de la tienda se cerró de golpe, la gente que había en el interior enmudeció, la radio dejó de sonar, el del butano que en ese momento repartía por allí dejó de dar golpes en las bombonas, tres angangos(4) que pasaban por allí apagaron el motor de la escuter(5) (lo digo en singular porque iban los 3 en la misma) y todos los albañiles que trabajaban en las obras de los alrededores dejaron de dar martillazos al mismo tiempo. En ese momento se produjo un hecho extraordinario: todos los gaditanos menores de 60 años descubrieron por primera vez lo que era el silencio.
El millonario mutó su perenne media sonrisa en una expresión aterradora mezcla de seriedad y asombro. Me miró fijamente abriendo los ojos más allá de lo humanamente posible para volver a medio cerrarlos frunciendo el ceño y, tras unos interminables segundos, dijo: -sígueme…
Se encaminó hacia el fondo del almacén y desapareció. Yo le seguí mientras observaba como la gente se apartaba a mi paso creando un estrecho pasillo. De repente, el apabullante silencio se quebró por las palabras de un abuelo a su nieto a quien decía en voz baja: -mira, es el elegido…

La puerta al fondo del almacén del millonario se abría ante mí. Nunca antes había estado allí, nadie había entrado jamás en el interior de aquel mítico almacén. Desde pequeño soñaba con entrar algún día y descubrir los mágicos secretos de aquella misteriosa trastienda, descubrir de quién eran los mojones(6) que el millonario vendía y en qué consistía su trabajo; y, sobre todo, dar respuesta de una vez por todas a la pregunta del millón: por qué le decían el millonario. Pero ahora iba a llegar más lejos incluso, al otro lado, donde nunca nadie había podido entrar.

Justo antes de cruzar me contó que andaba buscando un sustituto que continuara con el negocio y que había pensado que aquel que resolviera el enigma de la muletilla sería el elegido, el nuevo millonario. -¿Quieres ser el nuevo millonario cojone?... preguntó de repente a modo de Carlos Sobera gaditano -¿Cómo?, ¿seré millonario?, respondí. Nadie sabía por qué al millonario lo llamaban así. Mucha gente especulaba con que en aquella trastienda guardaba los millones atesorados durante tantos años de trabajo y racanería. Acepté su propuesta del tirón -¿qué tengo que hacer?... –encontrar la salida, dijo - Si lo haces serás mi sustituto…
Se hizo un silencio casi total; tan sólo lo interrumpía un leve sonido parecido al de un frigorífico por la noche. Era mi cerebro tratando de valorar aquella enigmática propuesta. Trabajando a destajo, sonaba como un cuatro ochenta y seis con el ventiladó estropeao. Entonces, como queriendo ponerme a prueba por última vez, el millonario preguntó: - eres tú o qué?. Y yo, eshándole cojone, contesté: -qué. Soy qué.
-No hay duda, dijo -adelante, eres el elegido…

La puerta daba a un acantilado gigantesco. Justo al borde. Los casi dos mil metros de altura lo hacían insalvable. Me vinieron a la memoria antiguos relatos que hablaban de gente que había llegado hasta allí. Relatos como el del abuelo del gafa(7), que aseguraba que en 1979, armado de valor, había llegado hasta aquella puerta aprovechando que el millonario tardaba demasiado en traerle una careta de mazinguer zeta con gomilla extralarga pa que su nieto pudiera ponérsela sin quitarse las gafa. O como el del padre del góme, a quien ni su parienta ni la policía creyeron cuando aseguró que tras salir a por tabaco (del falso porque se estaba quitando) fue secuestrado, sodomizado y esclavizado por el millonario en su trastienda durante cuatro años. A pesar de perder la custodia del góme por abandono del lecho conyugal (a la larga, lo mejor que le ha pasado en la vida), nunca dejó de insistir en su inocencia (para demostrarla decía que se había quitao y que por eso no le guardaba rencor al millonario). Contaba que fue narcotizado y obligado a descender por un precipicio al final del cual se extendía un desierto con palmeras, casitas de estilo oriental y un arroyo. Nadie lo creyó jamás.
Por eso, cuando afinando la vista vi unas palmeras al pie del acantilado, sentí un enorme sentimiento de culpa hacia aquel hombre a quien en más de una ocasión le había tirao gargajos desde mi balcón al grito de -¡aquí!, ¡arriba del precipicio carajote!, ¡entre las palmeras!, ¡jaaarggg!...¡zásss!...
Por un momento temí acabar como él, pero todo se me pasó cuando el millonario volvió a picarme: -Saltas o qué?...- qué, respondí. Me puso en la mano un paracaídas de esos de juguete que tiraban las avionetas por la playa, y me dijo: -¿lo ves?, si hubieras respondido “sí”, te habrías despeñado, si hubieras dicho no, habríamos sabido que no eras el elegido, pero has dicho “qué” y al hacerlo has dejado abierto el camino a otra opción, a otra dimensión…¡No te sueltes!...gritó dándome una patá en la esparda tipo simeone que me arrojó al vacío para inmediatamente cerrar la puerta tras de mí. Temiendo la caída, me agarré al muñequito paracaidista con todas mis fuerzas y, entonces, asombrosamente, dijo el muñeco: -no mapriete tanto cojone, que me va asfixiá… ¿me va sortá o qué?... -¡quéeeeeeeeeeeeeeeee!... grité mientras caía y caía sin parar, como en los sueños.
El acantilado era falso, sólo había 2 escalones de altura. El millonario había pintado en el suelo un tranpantojo, una perspectiva engañosa, un efecto óptico de acantilado para que quien llegara hasta allí no se atreviera a continuar. Luego me fijé bien y comprobé que era una especie de coyage(8) hecho con recortes de los típicos decorados de papel que se ponen de fondo en los belenes. El padre del góme decía la verdad. Ahora se explicaba lo del desierto, las palmeras, las casitas orientales y el arroyo. Pasó por allí antes que yo. Con la de gargajaso que labía pegao… Pobre hombre.
Al llegar abajo, mientras recogía y plegaba su paracaídas para metérselo en el hueco de la espalda, el muñeco paracaidista me dijo: -mi trabajo termina aquí. A partir de ahora sigues tú solo. Estoy hasta los cojones de esperar colgado tras la puerta de la trastienda. Yo he nacido para saltar sobre la playa en pleno agosto y ver como los niños se parten la cara por cogerme y no para encerrar a carajotes como tú...
-¿Encerrar carajotes?... no, te equivocas, soy el elegido…
-Sí, el elegido por carajote. El millonario encierra aquí a todos los listillos que le tocan los cojones.
-No, me ha dicho que si salgo seré el nuevo millonario.
-Tú no sales de aquí ni de coña, carajote. Aunque, si me llevas contigo, quizás tengas una oportunidad. Te daré algunas cosas que te ayudarán a salir de la trastienda. ¿Prefieres seguir sólo o qué?...
Otra vez la coletilla. –Qué, contesté. -Bien, pues toma –me dijo– aquí tienes. Me dio tres de los artículos de broma que el millonario tenía en el escaparate y me dijo que cuando me hicieran falta lo sabría. El típico almohadón tirapeos que se pone debajo del asiento del profesor para que cuando se levante suene: -¡¡ppprrrrr!!. La típica pichita saltarina a la que se da cuerda y se pone a dar saltitos por el suelo. Y por último una careta de goma transparente que dijo que era mágica porque adoptaba la apariencia de aquel en quien pensaras. 
-Pruébala, me dijo metiéndomela a la fuerza en la cabeza.
-¿mi madre?... me dijo al ponérmela -¿estás pensando en mi madre?... –sí, en tu puta madre para ser exactos…¡es que me estás aplastando las orejas mamonazo!…

Tras quitarme la careta y disculparnos mutuamente, el muñeco paracaidista me ordenó que le siguiera. Avanzamos por una serie de interminables galerías que parecían poco a poco introducirse en el subsuelo, bajo la ciudad. A ambos lados había puertas cerradas. Le pregunté qué tenían detrás y contestó con esa frialdad que sólo un muñeco paracaidista es capaz de mostrar en los momentos claves: -el pomo. Es broma, dijo…-mercancías, existencias para la tienda.

Acababa de descubrir el lugar al que el millonario se dirigía cada vez que dejaba a alguien esperando en el mostrador. Allí era donde buscaba las, a menudo, extrañísimas peticiones de los clientes y donde probablemente guardaba la inmensa fortuna que le daba nombre; o mejor dicho, mote.
Ese razonamiento me hizo insistir en la pregunta: -¿guardará también aquí los millones... -¿los millones?... repitió el paracaidista con tono de pensar “este tío es carajote”... –los millones de mierdas, mira…
La imagen que me reveló la violenta apertura de la primera puerta me dejó desilusionadamente perplejo: la habitación estaba completamente llena hasta el techo de trompos(9). -¿No recuerdas como cuando eras pequeño cada tres o cuatro años venía la moda del trompo y con la misma facilidad que venía se iba?... eso era porque el millonario lo ponía de moda. Cuando él quería inundaba el mercado de trompos. –Ya, contesté –pero si todo el mundo tenía trompos…¿cómo hacía ir y venir la moda?...
–Estas galerías están comunicadas con el sistema de alcantarillado y el millonario cuenta con muchos esclavos que recorren los husillos de los patios de los colegios, de las plazas y de las calles retirando de la circulación los trompos, las canicas, los rulos…cualquier juguete de moda susceptible de caer por ellos. El millonario es una especie de papa noel inverso con esclavos en lugar de duendes…¡Mira!...
En ese momento nos cruzamos con un esclavo que llevaba una caja rebosante de una sustancia verde y viscosa… -va a volver el blandiblú, me dijo. –Cuando el millonario cree que ha recuperado suficientes trompos o canicas perdidas por los niños, deja de venderlos y pone a la venta cualquier otra cosa inundando con ella el mercado. Por ejemplo el blandiblú, como acabamos de ver; o las manos locas; esas manos de goma que se estiran y se quedan pegadas a los cristales hasta que las pelusas las parasitan anulando su capacidad adhesiva. Así es que como hace ir y venir las modas.
Le pregunté qué pasaría si no salía. -Pues que serás un esclavo más. Es más, es casi seguro que no saldrás… Como hipnotizado por el relato y por el entorno, mi cerebro apenas procesó aquél último comentario; prefirió ordenar a mi mano derecha que abriera la siguiente puerta.
- ¡Coñó!... ¿qué carajo es eso?… exclamé. –El nº 14. Miles de números 14, contestó el muñeco paracaidista. –No sólo maneja las modas a su antojo. También compra o adquiere misteriosamente inmensas partidas de objetos elegidos al azar y los acumula para desequilibrar los mercados.
-Pero esto…esto es una cabronada…este hombre no tiene corazón… comenté a punto de romper a llorar. –Yo mismo pasé todo el verano del 82 intentando conseguir el nº 14. Ramírez, el último fichaje del Zaragoza. Era la última estampa que me quedaba para completar el álbum de la liga. Hubiera dado todos mis ahorros a cambio. Incluso hubiera entregado mi cuerpo…
Como si fueran dólares en la caja fuerte de un casino, aquella estancia guardaba miles de fajos de “Ramírez” envueltos con gomillas reutilizadas. Ahora, con la perspectiva que da el tiempo, resultaba ridículo ver aquellas estampas en las que se coloreaba descaradamente la camiseta de los jugadores para vestirlos con la equipación de su nuevo club. El millonario, al secuestrar el nº 14 retirándolo de la circulación, había provocado que todos los niños de mi generación tuviéramos incompleto el puto álbum de la liga 82/83. Y la infancia.
Pero aquella no fue la única sorpresa desagradable. La siguiente estancia era un calco de la anterior solo que en lugar de contener fajos de Ramírez contenía fajos de la selección de Nueva Zelanda; la estampa nº 60 del álbum de Danone para el mundial de España 82. La estampa cuya dificultad provocó que miles de niños acabáramos en urgencias por ingesta masiva de yogú. – Y mira quién era el cabrón que las tenía... se tiene que habé jartao de yogú el hijo puta, pensé.
El contenido de la siguiente habitación, tras una puerta situada a escasos metros de la anterior, me permitió responder a una de las principales dudas que atormentaban mi existencia: ¿dónde carajo van a parar los archivos de las papeleras de reciclaje de los ordenadores cuando la gente le da a “vaciar papelera de reciclaje?”… Pues a la trastienda del millonario. Esa era la respuesta. La contemplación de aquella estancia me hizo poner la misma cara de carajote estupefacto que usted, desconocido lector, acaba de poner tras leer estas líneas.
Y con esa cara continué abriendo habitaciones y descubriendo sus desconcertantes contenidos. La apertura de la siguiente me proporcionó la respuesta a otra pregunta existencial que muchos gaditanos se hacen: ¿por qué carajo no hay forma de encontrar un bonobús en Cádiz?... Pues porque el millonario los retira del mercado. Miles, millones de bonobuses se amontonaban como una absurda cosecha; como el fruto de una estúpida recolección realizada durante años. El millonario era una de las pocas personas en Cádiz que conocían los puntos de distribución de bonobuses y los horarios de reparto. Cada semana, disciplinadamente, aprovechaba ese conocimiento para realizar un barrido adquiriendo la gran mayoría de la partida que llegaba a los kioskos. Sólo permitía que “se le escaparan” unos cuantos con el fin de mantener viva la esperanza de los compradores y no destapar su monopolio. Según el paraca, para el millonario, invertir en bonobuses era como hacerlo en letras del tesoro. Incluso más seguro y rentable. Estaba convencido de que cuando se inaugurara el segundo puente Cádiz quedaría completamente colapsada por los coches y se acabarían prohibiendo; como en Venecia. Entonces, los gaditanos, que no tendrían más cojones que optar por fin por el transporte público, cuyo precio habría subido notablemente dada la fuerte demanda, estarían dispuestos a pagar lo que fuera por aquellos bonobuses pacientemente almacenados. Qué maquina.
Pensando en los bonobuses estaba cuando el paraca me señaló la entrada de una nueva galería de la que no se veía el final. Tendría cientos o quizás miles de puertas y por la maquinaria y los esclavos que se veían trabajando parecía estar aún en construcción.
-¿Qué contienen?, pregunté desinteresado, empachado de sorpresas.
–Nada.
-¿Nada?...ya me ha vuelto a sorprender el cabrón, pensé.
- nada de momento, dijo en plan muñeco paracaidista chulo perdonándome la vida –no pensarías que alguien como el millonario se lo iba a jugar todo a una carta, ¿no?...éste es su as en la manga por si le falla lo de los bonobuses; son aparcamientos.
- qué máquina… alcancé a susurrar desde la más profunda (nunca mejor dicho) admiración…

Abrir, mirar, sorpresa, abrir, mirar, sorpresa, abrir, mirar, sorpresa…así continué durante horas. Habitaciones llenas de tapones de vespino que previamente mangaba para incentivar el mercado (él los vendía de corcho), estancias llenas de flores de pascua, papeleras y todo tipo de objetos de esos que desaparecen sin que nadie sepa a dónde van a parar. Y no sólo objetos. También personas. Sobre todo futbolistas. En una de las habitaciones encontré, completamente desmejorado, a Calderé, el inolvidable extremo del barsa que cuando ya había extendido entre todos los kinkis de España la moda de jugar con las calzonas remangás, desapareció sin dejar rastro. Lo acompañaba Schilacci, aquel pequeño jugador que ya calvo y pureta(10), pasó de jugar en la segunda B italiana a convertirse en el máximo goleador del mundial de Italia 90. Ambos cometieron el error de aceptar al millonario como manager en el mejor momento de sus carreras. Y ambos habían sido olvidados por su peculiar representante en algún oscuro rincón de su trastienda. Como si fueran dos trompos (y no va con segundas). Allí seguían esperando disciplinadamente que algún “grande” se interesara por ellos y viniera a comprarlos a la tienda. Pero los carteles que los anunciaban en el escaparate habían quedado ocultos por los de otras ofertas (“escupitajos de broma 25 ptas.”, “Cigarros pa quitarse: 20 duros/ud.) y se les pasó el arroz. Mientras, como otros muchos esclavos y futuras promesas del deporte representados por tan peculiar manager, dedicaban su tiempo a las más peregrinas ocupaciones como por ejemplo el reciclaje de serpentinas y papelillos que recogían de las alcantarillas después de la cabalgata de carnaval. Lavar papelillos y secarlos uno a uno y lavar, secar, recomponer y enrollar serpentinas era un trabajo duro y delicado al mismo tiempo sólo al alcance de los esclavos más pacientes y perfeccionistas.
La última habitación de la galería principal funcionaba como taller para la fabricación de huesos de goma. En el centro, colgando del techo como si fuera un jamón comío, el 80% del esqueleto del abuelo del millonario protagonizaba la fantasmagórica escena. El 20% restante, su cabeza, o mejor dicho, su calavera, me miraba desde la mesa rodeada por los moldes que los esclavos usaban para reproducirla. Supe que se trataba del abuelo del millonario desde el momento en que vi la profunda brecha que recorría el parietal derecho. Aquella que le hicieran por dejar preñá a su vecina de 13 años; futura abuela del millonario tal y como él mismo contaba.

Tras abandonar la truculenta escena llegamos al final de la galería y tuvimos que bajar por una estrecha escalera durante un buen rato. Abajo nos esperaba una amplia sala llena de cajas, bidones, palés y bultos varios al fondo de la cual aparecía una puerta con la siguiente inscripción: “Departamento de I + D. Área restringida. Prohibido el paso”.
-No me lo puedo creer, comenté, -tiene departamento de innovación y desarrollo… -no, me dijo el paraca, -imaginación y descaro. Era el lugar donde el millonario ideaba todos los artilugios con los que daba coba a sus clientes: huevos rellenos de confeti que supuestamente producían un efecto mágico al estallar, jamones de pata negra de coña reconstruidos a base de recrecer con cartón los huesos cogíos de los contenedores tras las navidades, bombitas de peste fabricadas a partir de ampollas medicinales rellenas con el caldillo que rezuman los contenedores tras Nochebuena y Nochevieja, etc.
La custodiaban dos guardias tipo porteros de discoteca chunga. De repente, como era de esperar a estas alturas en un relato como este, tropecé y los guardias preguntaron avanzando hacia nosotros: -¿qué ha sido eso?... Acojonaos, nos dimos codazos con las cucarachas que también huían para conseguir los mejores huecos donde escondernos. Pero entonces, cuando ya los teníamos prácticamente encima, comprendí que había llegado el momento de utilizar el primer objeto que me había dado el muñeco paracaidista. Lo saqué del bolsillo, lo besé, le di cuerda, y lo solté: -ah, es sólo una pichita saltarina… dijeron los guardias confiados…
Mientras se alejaban de la puerta siguiendo a la pichita saltarina y riéndose distraídos, el paraca y yo, cogimos la collá(11) y nos colamos.
La imagen que ofrecía el departamento de imaginación y descaro era dantesca: cientos de personas secuestradas enjauladas en una especie de gallinero y cagando al mismo tiempo. El millonario les había impuesto una dieta fija a base de yogures bio de los del coronado para que pasaran la vida yéndose de baretas. Como si fueran gallinas poniendo huevos. Era una gigantesca cadena de mierda: ellos cagaban, otro recogía las heces y las echaba en una cinta transportadora que las llevaba hasta una especie de hormigonera gigantesca a la que otro empleado echaba pasta de papel y cola. La hormigonera terminaba en una especie de embudo gigante con forma de culo del que iba cayendo, de forma continua, una sustancia marrón que otro esclavo convertía en mojones con la habilidad de un churrero. Éste, depositaba cada mierda en una cinta transportadora que tras recorrer toda la estancia pasaba bajo un potente secador que las secaba y deshidrataba para que adquirieran la forma y textura características.
El millonario no era millonario en dinero sino en mierda. Tenía un millón de mierdas en stock listas para ser vendidas; su producto estrella. Estaba dispuesto a inundar el mercado de mierda. A euro ochenta cada una, tenía casi dos millones de euros en mierda. Y sin coste alguno. Tras años vendiendo su producto, se había dado cuenta de que un porcentaje muy alto de los compradores eran turistas; y eso le había dado una idea: las vendería como souvenirs. A cada una le clavaría un palillo de dientes en cuyo extremo, a modo de banderita, pegaría un papelito con la siguiente inscripción: “Recuerdo de Cádiz”. Y si el negocio iba bien podría exportarse a otras ciudades. Bastaría con cambiar la inscripción por “Recuerdo de Ávila” o de Bilbao, etc. También tenía preparada otra variante: “Mis amigos fueron a Cádiz y me trajeron esta mierda de souvenir”. Se iba a forrá. Qué máquina.
El hedor era insoportable. Había que sacar de allí a esa pobre gente como fuera así que ideamos un plan. Utilizaría otro de los objetos que me regaló el paraca, la careta comodín. El plan era ponerme la careta e intentar salir por la puerta principal. Para ello pensaría en el millonario de forma que la careta adoptara su imagen y al llegar junto a los guardias, viéndolo a él, me dejaran pasar a mí y a los que me acompañaban.
El problema era que no sabía por cuánto tiempo podría mantener la imagen del millonario. Debía estar muy concentrado pues cualquier cosa podría distraerme. Liberamos a los esclavos y uno de ellos, que trabajaba en una habitación adjunta en la que aprovechaban las emanaciones de la sala de mierda para fabricar bombitas de peste, dijo: -ira, yo ma hecho un shaleco bomba de bombitas de peste; intentamo salí por la puerta y si la cosa se pone fea me inmolo y ar carajo, sárvese er quien puea. Todos estuvimos de acuerdo.
Motivado por la masa, me puse la careta, pensé en el millonario y avancé decidido hacia la puerta. La abrí, y al pasar junto a los guardias les dije: -esta gente vienen conmigo. Vamo a da un güertaso. Los guardias se apartaron inmediatamente cuadrándose ante mí con tan mala suerte que al cuadrarse, uno de ellos me dio un culataso con el fusil en tol deo gordo del pie derecho y la careta adquirió inmediatamente la imagen de su puta madre…- ¡alto!...gritó, -¡es una trampa!… los guardias accionaron la alarma y entonces escuché una tremenda explosión. El esclavo del chaleco se había inmolado. Había accionado el chaleco de bombitas de peste y su desagradable onda expansiva me hizo perder el conocimiento.
No sé cuanto tiempo estuve inconsciente, pero desperté cuando alguien me zarandeaba diciéndome algo que al principio no entendía muy bien por culpa del aturdimiento:  -¿utyyeu ypiyb pye?... ¿jtskf kuf uyuee?... ¿te va a bajá o qué?... estaba aturdido y esa frase me retumbaba en la cabeza…-¿te va a bajá o qué?...

De repente caí en la cuenta; estaba en el autobús, me había quedado dormido en el trayecto hacia el centro y había tenido una pesadilla. El chofer intentaba despertarme mosqueao. Asustado todavía por la experiencia vivida, grité: -¡me bajo!, pero al desplazarme por el asiento del fondo para salir escuché:
-¡¡ppppprrrrrrrrrr!!… Entonces me levanté y lo vi. Allí, en aquel asiento, tan real que podía tocarse, y casi olerse, estaba el almohadón tirapeos, el tercero y último de los objetos que el paraca me diera en la trastienda.
Mientras corría para bajarme y el chofer me llamaba guarro y otras cosas peores, ¿sabéis lo que me preguntaba?... -¿lo habré soñado?… ¿o qué?....

Notas:
 (1) Jálogüin: Excusa para el botellón del 31 de octubre. Fiesta importada introducida por los orgasmus. Noche de los muertos bebientes.
(2) Orgasmus: universitarios/as libertinos/as y ligeritos/as de cascos/as que se pegan la vida padre a costa de sus susodichos y de la UE en cualquiera de los estados de la susodicha.
(3) Ira: Mira. Expresión que se acompaña de un ligero levantamiento de la barbilla y arqueo de cejas para enfilar con la punta de la nariz el objetivo señalado. En caso de implicar asombro puede ser reforzada con el acompañamiento del índice estirado y cierto tono burlesco. Verbo demostrativo: -no hay cojone, -¿Que no?... –ira, ira…
(4) Angango: Joven entre los 10 y 30 años de pelo corto y generalmente de punta poseedor de una única neurona y de un comportamiento impulsivo y absolutamente primario (provocado por el golpeo de su única neurona contra las paredes de su vacío cerebro) cuya principal característica es la ignorancia. Generalmente se distinguen del resto de la población por el uso de aparatosas cadenas y anillos de oro (estos últimos con la efigie del camarón) y por la característica postura de retortijón que adoptan al conducir la escuter. De Sevilla parriba: Cani.
(5) Escuter: Autobús de dos ruedas. Primera compra de cualquier alumno de escuela taller. Medio de transporte insostenible fácilmente trucable. Desvelador de vecinos que duermen sin ventanas de doble cristal.
(6) Mojón: Mierda, caca. Persona, animal o cosa sin valor. Cantidad despreciable de algo. Poca cosa. Porquería. –Rambo 4 es un mojón, –más mojón eres tú… -vaya mojón de menú –no me seas más mojonaso cojone… Insulto equivalente a "vete a la mierda" pero cargado de ironía disfrazada de generosidad: -omá!... te cojo 30 leuro del monedero… -¡un mojón pa ti!...
(7) Gafa: Amigo der cabesa, der negro, der shino y del largo. 4º miembro de pandilla tipo o estándar (1ºcabesa, 2ºnegro, 3ºshino, 4ºgafa y 5ºlargo). Individuo de carácter normalmente rencoroso y desconfiado motivado por la gran cantidad de cates recibidos durante la etapa escolar.
(8) Coyage: Trabajo manual chungo encargado por profesores sin vocación pedagógica ni ganas de complicarse la vida consistente en recortar imágenes del folleto del carrefú y del diez minutos para componer un mural temático. Razón de ser del pegamento barra. Fotoshó de los setenta-ochenta. Típico mensaje de secuestrador que no llegó a nada más en la vida debido al desinterés de sus profesores (ver 1ª acepción).
(9) Trompo: Peonza. Adj.: Inhábil, matraca, torpe. –killo, Clemente va sacá a Julio Salinas -¿a Salinas otra vé?... si ese nota es un trompo omee …¡Clementeeee!... -¡caaaaabrrr….
(10) Pureta: No joven. Etapa vital que comienza oficialmente cuando ya no te puedes sacar el carnet joven (26 años) y extraoficialmente cuando por primera vez te tratan de usted para preguntarte la hora. En algunos casos puede autodiagnosticarse el estado puretil cuando por primera vez dejas pasar a tu lado, sin reprimir ningún impulso, sufrir, ni mostrar interés alguno, un balón que viene suelto y “a huevo” pa mandarlo al carajo de un punterazo.
(11) Collá (coger la collá/una collá) : Oportunidad. Tren al que subirse sin pensarlo. Chollo. Ocasión única. Clavo ardiendo. Triunfo no predecible. “Coger la collá”: triunfar in extremis. Agarrarse a un clavo ardiendo y no quemarse. Ej.: -killo, ¿tú nostá parao?...¿daonde ha sacao esos nai de muelle?... –he cogío una collá der carajo…

11 comentarios:

  1. Joder qué blog más interesante pa'ser-de-kai-kai... En serio me gusta.
    Salud

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  2. ¿si o que?
    ¿que qué no?

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  3. Genial, jajaja. Lo de la estampita de Nueva Zelanda era un descaro... yo creo que es que no la hicieron.

    Enhorabuena por el post, como siempre, genial.

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  4. He llorao de la risa, buenísimo de verdad, un saludo!

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  5. De lujo, me has sacado mas de una risa.

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  6. esta en este libro o alguien sabe como puedo encontrar una historia de un detective de Bilbao que viene a Cádiz y se vuelve loco con la forma de hablar de nosotros.

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  7. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  8. Carlos, menos mal que no te parieron en los cincuentas, entonces te daban un bici (como si ahora te dan un deportivo más o menos), si juntabas la palabrita de marra PICTOLIN (jamás aparecia no se que letra, seria supongo la T de tontorron o la N de nunca), o el álbum de Nestlé de los animales donde siempre faltaba no se si el tigre o la madre del tigre, pero se te caían los piños de chocolatina y no había un guapo que lo completara.

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  9. "Me fui to mosqueao" , "Ahora hay una que está muy de moda que se está extendiendo a saco".
    Son algunos ejemplos que te pongo de tus propias muletillas que tanto criticas. Totalmente de acuerdo con lo que dices de lo que se pone tan de moda que parecemos borregos,pero antes de escribir algo de lo que criticas,míra con cuidado lo que escribes.

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  10. Anónimo, ríete una mijita, picha... y si puedes ríete de tí mismo primero; como hago yo. Si lo haces frecuentemente te quedarás tan a gusto que no te hará falta meterte en blogs coñeros como este a poner pegas ni buscar la falta. Es más, si tras reirte de tí mismo te metes en blogs de este tipo, puede que hasta disfrutes dejándote llevar por las pamplinas a ningún sitio. Eso si, si te hace falta tirar la primera piedra para reafirmarte y sentirte bien contigo mismo, sin problema. Aquí tienes textos, opiniones, pamplinas, y faltas gramaticales y de ortografía para seguir toda una vida amargao. Que las disfrutes.

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