13 de noviembre de 2009

11 de Noviembre: ¡Feliz Navidad!

¡Ea!... 11 de noviembre y ya es navidad en la calle José del Toro 11 3º izquierda. Por cojones. En pocas ocasiones se tiene la posibilidad de descubrir quien abre la veda de algo, quien tira la primera piedra, quien ejerce de chispa detonante, quien rompe el hielo, quien es el primero en sacar la ropa de invierno y ponerse er shaquetón... pero esta vez hemos estado atentos. A este infeliz papa noel le quedan casi dos meses por delante colgado de la barandilla...qué bastinaso...¡Feliz navidad!!!...

10 de noviembre de 2009

Tómate la vida

Aquella mañana me levanté tarde. Bueno, no seamos negativos, hagamos honor a nuestro nombre y apliquemos la perspectiva local; comienzo de nuevo:

Aquella tarde me levanté temprano. Tan temprano que aún no habían abierto ni las tiendas. Serían las tres y media. Pasear a esa hora por Cádiz es un gustazo. To pa tí. ¿Dónde está la gente joé?... tor mundo acostao, fijo. Despué nos quejamo. Desde luego...

Me puse las shanclas y pa la calle a aprovechá er diíta. Lo bueno del verano aquí es que no hay que quitarse el pijama y ponerse la ropa; se sale a la calle con lo mismo que se duerme: carsona ancha sin güevera o pantalón de chanda viejo recortao y shancla. Si vas a salí der barrio te pones camiseta o tiranta. Si no, no. Yo soy de chanda recortao y de camiseta quitá echá en un hombro por si acaso (nunca se sabe si el trapicheo te llevará más allá de las fronteras de tu barrio).

En fin, andando pa la Caleta iba cuando me entró una sé del carajo. Aún no sé qué me provocó la sé: el solaso de mitá dagosto dándome ner coco o la ilusión de que el peso que hacía asomar mi bolsillo por debajo del malamente recortao pantalón der chanda fuera un euro pa una servesa. Fuera el huevo o la gallina, palpé el bolsillo por fuera del pantalón. El tacto me ilusionó, pero al meter la mano comprobé que se trataba del típico chicle duro, aplastao y empanao en pelusas que suele parasitar las esquinas de los bolsillos de los pantalones de chanda viejo recortao. Se me vino el mundo encima. Estuve a punto de echarme a la bebida pero recordé que echarme a la bebida era lo que me había llevado a esa situación. Hundido, sediento y sin dinero comenzaron a asaltar mi mente todo tipo de sentimientos, imágenes y noticias negativas: el cádi no va a subí este año, rosario mohedano va sacá un disco, el mundo se va a ir al carajo...

En esas estaba cuando de repente vi algo que me devolvió la ilusión, la fé en el ser humano: un carrito del carrefú abandonao con el euro dentro. Desesperado, lo reventé para extrer la moneda y raudo me dirigí a comprar una cerveza. Se la compré al juanlu, que estaba delante del hotel atlántico reponiendo la nevera con la que vende de estraperlo por la playa.

Con mi cerveza fresquita decidí continuar la vuertesita por la alameda. Caminé reflexionando sobre si encontrarme aquel carro con el euro había sido fortuna o miseria. Pensé en mis pantalones cortao de chanda y en su chicle empanao en pelusa. Pensé en rosario mohedano dando el cante y en el pobre juanlu vendiendo latas de tapadillo a pleno sol.

Apoyado en la balaustrada, y mirando pa Rota dignamente (con los pantalones puestos), me dispuse a pegar el último trago. De repente, al elevar la cerveza sobre el azul de la bahía, reparé en el slogan que cruzcampo había insertado en aquella lata: "tómate la vida".
Y me la tomé.

8 de noviembre de 2009

¿Si o qué?... (1ª parte)

No soporto las muletillas; ya sabéis, esas frases o expresiones que de pronto se ponen de moda y se repiten hasta la saciedad. Me dan mucho coraje. Especialmente cuando están en plena etapa de expansión. Una de las que menos soporto es la de decir “entre comillas” haciendo el gesto con los dedos en el aire y poniendo cara de gilipollas; no lo soporto; es superior a mí. Si tuviera poderes y pudiera viajar en el tiempo, me dedicaría a averiguar quién es el primero que se las inventa y por ejemplo, en el caso del “entre comillas”, cortarle los dedos a la “altura de los hombros” (entre comillas, claro).
Las peores son las propagadas por la tele. Por ejemplo la de “pues va a ser que no”. Normalmente al principio tienen gracia, pero poco a poco la van perdiendo y acaban saturándote. Lo peor llega cuando te la meten doblá con la frasecita. Te cogen con la guardia baja y es cuando más te jode. Por ejemplo: vienes de Sevilla en pleno agosto a 50 grados y sin aire acondicionado en el coche, te sales de la autopista para entrar en un área de servicio y comprar una botellita de agua fría y cuando le dices al dependiente
-¿me da una botella de agua muy fría?, éste te contesta sonriendo -pues va ser que no… ¿No es pa matarlo?, te la mete hasta el fondo, te coge desprevenido. Además, contestar así implica mala leche y chulería, porque no es que te diga -lo siento, no me queda. No, te dice -va a ser que no, que puede significar -no me sale de los cojones darte agua, pringao. Luego, cuando vuelves a la autopista y ves la señal que dice que la siguiente área de servicio está a 70 km. te cagas en los muertos de Fernando Tejero, en los del señor Cuesta y en los de to la comunidad de vecinos de “Aquí no hay quien viva” (de hecho, estoy convencido de que a Jose Luis Moreno le partieron la cara porque él era el productor de la serie donde pusieron de moda la frasecita). Pero podría haber sido mucho peor, podría haberse dado el peor de los casos. El dependiente podría haberte dicho -pues va a ser que no, haciendo el gesto de las comillas y metiéndotela hasta el fondo doblemente…
Ahora hay una que está muy de moda que se está extendiendo a saco, y que es por la que verdaderamente odio las muletillas. La de “o ¿qué?”... ¿la habéis escuchao?... ¿si o qué?... Pues uno de esos días que te da el bajón, que no puedes pegar ojo, que estás cansado, que se te viene el mundo encima y necesitas hablar con alguien, quedé con un colega pa charlar un rato. Le conté que estaba to agobiao con el curro, que me había dejao mi novia, que el nuevo coche de Fernando Alonso no respondía bien en los entrenamientos… En fin, después de contarle mi vida durante veinte minutos y acabar diciéndole que estaba pensando muy seriamente en dejarlo todo y quitarme denmedio, me dijo -¿sí o qué?... -¿Ya está?, pensé; -¿es ese todo el interés que un amigo puede poner en ti?... -¿sí o qué?...-¿o qué qué?...¿eh?... él no se esperaba mi visceral reacción y lo dejé con la boca abierta en mitad de la calle. Me fui to mosqueao.
Para relajarme decidí aceptar la invitación de unos colegas que iban a una fiesta de jálogüin[1] en casa de unos orgasmus[2]. Como no tenía nada que ponerme, pensé que lo mejor sería ir al centro, al “millonario”, a comprar alguna careta de zombi. Esperé el bus y al ir a pagar el billete el chofer me dijo:
-¿uno o qué?... -dos, pensé, -uno pa mí y otro pa tu puta madre, ¿po no me está viendo que vengo sólo cojone?... Me negaba a dejarme conquistar por aquella muletilla. Bastante me costó quitarme la de jarr, la de no puedo, no puedo y la de Pozí. Estaba tan cansado que me senté en el asiento del rincón del fondo del autobús dispuesto a no cederle el sitio ni a una vieja embarazada; sin duda me estaba endemoniando, pero quería estar tranquilo pa pagarla con el chofer y cagarme en sus muertos durante todo el trayecto; cruzando to Cádiz desde la primera a la última parada.
Como os dije, me dirigía al “millonario”, ya sabéis, la tienda del nota ese que vende juguetes, artículos de broma, jamones de coña, huevos rellenos de confetti y almohadones tirapeos.
Cuando entré, la tienda estaba empetá de gente comprando calabazas de plástico, caretas de zombis, extremidades amputadas, etc. Había varias pivas orgasmus comprándose kits completos de diablesa: minifaldas con cola de diablo, tridentes, cuernos…y porque el millonario no vende condones que si no…
También había varios abuelos comprándoles caretas de casper y disfraces de esqueletos a sus nietos (como si “de paisano” ya no dieran suficiente miedo losijoputa niño…) mientras miraban el culo a las diablesas de orgasmus, que a todo esto podrían ser sus nietas… En fin, la tienda empetá como siempre. Cuando me tocó el turno, le dije al millonario que quería una calavera de goma y él se volvió a buscarla al almacén. Sí, tiene de tó. Le pidas lo que le pidas tiene de tó. El millonario nunca dice que no tiene. Tarda un poco, a veces mucho, pero lo trae. Tras casi un cuarto de hora de tensa espera apareció con la calavera. Me dijo que era buena porque pa fabricarla usaba como molde una calavera real, la de su abuelo.
–ira[3], se ve hasta la huella de la brecha que le hizo mi bisabuelo cuando senteró que había dejao preñá a la vecina de trece años…a mi abuela vamos…
Siempre cuenta historias fantásticas de los objetos que vende; historias que nadie cree. Puso la calavera sobre el mostrador y me dijo: -¿quieres algo más o qué?...
Al principio no reparé en la frase. Pero fue quizás el hecho de estar especialmente sensible lo que me hizo frenar el impulso de contestar inmediatamente y pararme a reflexionar la respuesta.
-¿Quieres algo más o qué?... ¿o qué?...¿o qué qué?... ¿qué opción es esa?...ya estaba harto de muletillas estúpidas y como no era la primera vez que la escuchaba, a la pregunta del millonario: -¿quieres algo más o qué?, contesté despacio y mirándolo a los ojos: -qué. Quiero qué.

De repente el tiempo pareció detenerse, la puerta de la tienda se cerró de golpe, la gente que había en el interior enmudeció, la radio dejó de sonar, el del butano que en ese momento repartía por allí dejó de dar golpes en las bombonas, tres angangos[4] que pasaban por allí apagaron el motor de la escuter[5] (lo digo en singular porque iban los 3 en la misma) y todos los albañiles que trabajaban en las obras de los alrededores dejaron de dar martillazos al mismo tiempo. En ese momento se produjo un hecho extraordinario: todos los gaditanos menores de 60 años descubrieron por primera vez lo que era el silencio.
El millonario mutó su perenne media sonrisa en una expresión aterradora mezcla de seriedad y asombro. Me miró fijamente abriendo los ojos más allá de lo humanamente posible para volver a medio cerrarlos frunciendo el ceño y, tras unos interminables segundos, dijo: -sígueme…
Se encaminó hacia el fondo del almacén y desapareció. Yo le seguí mientras observaba como la gente se apartaba a mi paso creando un estrecho pasillo. De repente, el apabullante silencio se quebró por las palabras de un abuelo a su nieto a quien decía en voz baja: -mira, es el elegido…

La puerta al fondo del almacén del millonario se abría ante mí. Nunca antes había estado allí, nadie había entrado jamás en el interior de aquel mítico almacén. Desde pequeño soñaba con entrar algún día y descubrir los mágicos secretos de aquella misteriosa trastienda, descubrir de quién eran los mojones[6] que el millonario vendía y en qué consistía su trabajo; y, sobre todo, dar respuesta de una vez por todas a la pregunta del millón: por qué le decían el millonario. Pero ahora iba a llegar más lejos incluso, al otro lado, donde nunca nadie había podido entrar.
Justo antes de cruzar me contó que andaba buscando un sustituto que continuara con el negocio y que había pensado que aquel que resolviera el enigma de la muletilla sería el elegido, el nuevo millonario. -¿Quieres ser el nuevo millonario cojone?... preguntó a modo de Carlos Sobera gaditano -¿Cómo?, ¿seré millonario? respondí. Nadie sabía por qué al millonario lo llamaban así. Mucha gente especulaba con que en aquella trastienda guardaba los millones atesorados durante tantos años de trabajo y racanería. Acepté su propuesta del tirón -¿qué tengo que hacer?... –encontrar la salida –dijo- Si lo haces serás mi sustituto…
Se hizo un silencio casi total; tan sólo lo interrumpía un leve sonido parecido al de un frigorífico por la noche. Era mi cerebro tratando de valorar aquella enigmática propuesta. Trabajando a destajo, sonaba como un cuatro ochenta y seis con el ventiladó estropeao. Entonces, como queriendo ponerme a prueba por última vez, el millonario preguntó: - eres tú o qué?. Y yo, eshándole cojone, contesté: -qué. Soy qué.
-No hay duda,
-dijo-, adelante, eres el elegido…

La puerta daba a un acantilado gigantesco. Justo al borde. Los casi dos mil metros de altura lo hacían insalvable. Me vinieron a la memoria antiguos relatos que hablaban de gente que había llegado hasta allí. Relatos como el del abuelo del gafa[7], que aseguraba que cuando chiquillo, armado de valor, había llegado hasta aquella puerta aprovechando que el millonario tardaba demasiado en traerle una careta de mazinguer zeta con gomilla. O como el del padre del góme, a quien ni su parienta ni la policía creyeron cuando aseguró que tras salir a por tabaco fue secuestrado, sodomizado y esclavizado por el millonario en su trastienda durante cuatro años. A pesar de perder la custodia del góme (a la larga, lo mejor que le ha pasado en la vida) por abandono del lecho conyugal, nunca dejó de insistir en su inocencia. Contaba que fue narcotizado y obligado a descender por un precipicio al final del cual se extendía un desierto con palmeras, casitas de estilo oriental y un arroyo. Nadie lo creyó jamás.
Por eso, cuando afinando la vista vi unas palmeras al pie del acantilado, sentí un enorme sentimiento de culpa hacia aquel hombre a quien en más de una ocasión le había tirao gargajos desde mi balcón al grito de -¡aquí!, ¡arriba del precipicio, carajote!, ¡jaaarggg!...¡zásss!...

Por un momento temí acabar como él, pero todo se me pasó cuando el millonario volvió a picarme: -Saltas o qué?...- qué, respondí. Me puso en la mano un paracaídas de esos de juguete que tiraban las avionetas por la playa, y me dijo: -¿lo ves?, si hubieras respondido sí, te hubieras despeñado, si hubieras dicho no, habríamos sabido que no eras el elegido, pero has dicho “qué” y al hacerlo has dejado abierto el camino a otra opción, a otra dimensión…¡No te sueltes! –gritó, y dándome una patá en la esparda tipo simeone me arrojó al vacío para inmediatamente cerrar la puerta tras de mí. Temiendo la caída, me agarré al muñequito paracaidista con todas mis fuerzas y, entonces, asombrosamente, dijo el muñeco: -no mapriete tanto cojone, que me va asfixiá… ¿me va sortá o qué?...
-¡quéeeeeeeeeeeeeeeee!...
-grité mientras caía y caía sin parar, como en los sueños.

El acantilado era falso, sólo había 2 escalones de altura. El millonario había pintado en el suelo un tranpantojo, una perspectiva engañosa, un efecto óptico de acantilado para que quien llegara hasta allí no se atreviera a continuar. Luego me fijé bien y comprobé que era una especie de collage hecho con recortes de los típicos decorados de papel que se ponen de fondo en los belenes. El padre del góme decía la verdad. Ahora se explicaba lo del desierto, las palmeras, las casitas orientales y el arroyo. Pasó por allí antes que yo.

Al llegar abajo, el muñeco paracaidista me dijo: -mi trabajo termina aquí. A partir de ahora sigues tú solo. Estoy hasta los cojones de esperar colgado tras la puerta de la trastienda. Yo he nacido para saltar sobre la playa en pleno agosto y ver como los niños se parten la cara por cogerme y no para encerrar a carajotes como tú...
-¿Encerrar carajotes?... no, te equivocas, soy el elegido…
-Sí, el elegido por carajote. El millonario encierra aquí a todos los listillos que le tocan los cojones.
-No, me ha dicho que si salgo seré el nuevo millonario.
-Tú no sales de aquí ni de coña. Aunque, si me llevas contigo, quizás tengas una oportunidad. Te daré algunas cosas que te ayudarán a salir de la trastienda. ¿Prefieres seguir sólo o qué?...

Otra vez la coletilla. –Qué –contesté-. -Bien, pues toma –me dijo– aquí tienes. Me dio tres de los artículos de broma que el millonario tenía en el escaparate y me dijo que cuando me hicieran falta lo sabría. El típico almohadón tirapeos que se pone debajo del asiento del profesor para que cuando se levante suene: ¡¡rriiiiáaa!!. La típica pichita saltarina que se le da cuerda y se pone a dar saltitos por el suelo. Y por último una careta de goma transparente que dijo que era mágica porque adoptaba la apariencia de aquel en quien pensaras. – Pruébala, -me dijo metiéndomela a la fuerza en la cabeza -¿mi madre?... -me dijo al ponérmela- ¿estás pensando en mi madre?...
–sí, en tu puta madre para ser exactos…¡es que me estás aplastando las orejas mamonazo!…
CONTINUARÁ...
[1] Jálogüin: Excusa para el botellón del 31 de octubre. Fiesta importada introducida por los orgasmus. Noche de los muertos bebientes.
[2] Orgasmus: universitarios/as libertinos/as y ligeritos/as de cascos/as que se pegan la vida padre a costa de sus susodichos y de la UE en cualquiera de los estados de la susodicha.
[3] Ira: Mira. Expresión que se acompaña de un ligero levantamiento de la barbilla y arqueo de cejas para enfilar con la punta de la nariz el objetivo señalado. En caso de implicar asombro puede ser reforzada con el acompañamiento del índice estirado y cierto tono burlesco. Verbo demostrativo: -no hay cojone, -¿Que no?... –ira, ira…
[4] Angango: Joven entre los 10 y 30 años de pelo corto y generalmente de punta poseedor de una única neurona y de un comportamiento impulsivo y absolutamente primario (provocado por el golpeo de su única neurona contra las paredes de su vacío cerebro) cuya principal característica es la ignorancia. Generalmente se distinguen del resto de la población por el uso de aparatosas cadenas y anillos de oro (estos últimos con la efigie del camarón) y por la característica postura de retortijón que adoptan al conducir la escuter. De Sevilla parriba: Cani.
[5] Escuter: Autobús de dos ruedas. Primera compra de cualquier alumno de escuela taller. Medio de transporte insostenible fácilmente trucable. Desvelador de vecinos que duermen sin ventanas de doble cristal.
[6] Mojón: Mierda, caca. Persona, animal o cosa sin valor. Cantidad despreciable de algo. Poca cosa. Porquería. –Rambo 4 es un mojón, –más mojón eres tú… -vaya mojón de menú –no me seas más mojonaso cojone… Insulto equivalente a –vete a la mierda pero cargado de ironía disfrazada de generosidad: -omá!... te cojo 30 leuro del monedero… -¡un mojón pa ti!...
[7] Gafa: Amigo der cabesa, der negro, der shino y del largo. 4º miembro de pandilla tipo o estándar (1ºcabesa, 2ºnegro, 3ºshino, 4ºgafa y 5ºlargo). Individuo de carácter normalmente rencoroso y desconfiado motivado por la gran cantidad de cates recibidos durante la etapa escolar.

20 de octubre de 2009

Una mierda de escaparate

Esta imagen resume el éxito de un visionario: “El millonario”; un verdadero ejemplo para muchos emprendedores gaditanos. Supo darse cuenta de hasta qué punto el consumismo nos tiene cegados y convirtió esa apreciación en un negocio. Comprobó que si alguien ve una mierda por el suelo nunca se la llevaría a su casa, pero si a esa misma mierda le ponen una etiqueta con el precio y te aseguran que es, por ejemplo, de brirni espirs…fijo que en la tienda se forman más colas que pa comprá el ifón. Así somos.
Pero reflexiones macroeconómicas aparte, al vendedor de mierdas que nos ocupa hay que reconocerle varias cuestiones:
- La sinceridad a la hora de vender su producto: pues no duda en calificarlo como “caca”.
- Lo acertado y ajustado del precio: pues es tan barata que entra por los ojos. ¿quién no compraría una caca por 1´80 € aunque sea una mierda?...
- La capacidad para reconocer con claridad y oportunismo lo que el mercado demanda en cada momento (y en este momento está claro que el mercado demanda mucha más mierda de la que es capaz de generar).
- La habilidad para convertir “una caca” en un auténtico icono turístico, en el souvenir gaditano por excelencia: “De Mallorca las ensaimadas y de Cádiz las cacas del millonario” (yo me he cruzado a más de un guiri en Barajas con una mierda de Cádiz en la mano).
- Su aportación a la cultura local: tras varias décadas vendiendo mierda ha conseguido renovar algunas tradiciones. Por ejemplo, en Cádiz, a los niños que se portan mal los Reyes magos no le traen carbón sino caca.
En fin…una mierda de escaparate…

5 de octubre de 2009

¿Marketing honesto o pesimista?

En el mundo hay dos tipos de vendedores: los que ven la aspiradora seminueva y los que la ven semivieja. ¿Cómo la ves tú?...

2 de octubre de 2009

¿Qué carajo habrá querido expresar el artista?

1 de octubre de 2009

Episodios municipales: 2. "I am pelagambas"

El anuncio labía visto en el diario: “Se necesitan peladores de gamba pa trabajá en Escocia. Sueldo: cuarenta mil peseta a la semana más pensión completa. Trabajo seis días a la semana. Cursillo de formación dun mé, a cargo de lampresa. Interesados presentarse con curriculum vitae mañana lunes en el hotel playa de dié a una. Atenderá Sr. Marclau”…
-Señor marclau,
pensé... -¿señor marclau?, ¿ese no era el de los inmortale?...
-En fin, habrá que ir...¿no?...
Y así lo hice. Confieso que casi más que los cuarenta talego a la semana, lo que me atraía era lo de pelá gamba. No sé por qué, pero yo lo de pelá gamba lo asociaba con comérmelas después. Ademá, eso del cursillo de formación a cargo de lampresa... pensé: -güeno, a unas malas, hago er cursillo, me tiro un mé en Escocia comiendo gamba por la cara con el alojamiento pagao y después les digo que aquello no es lo mío y me vengo... era un plan perfecto.
Decidido, me presenté en la cafetería del hotel a eso de la una menos dos minutos. Llegar a lo justo era parte de la estrategia pa que no pensaran que estaba necesitao y me ofrecieran un contrato de tipo B (B poniendo el culo vamo... ).
Po eso, que allí estaba yo con mi curriculum de una hoja escrita con “niu roman” al dieciséis y con unos márgenes superiores e inferiores de siete pa rellená tor folio y, na má entrá, me cruzo con mi colega er titi:
-¡killo titi!, ¿tu caseaskí?, ¿también te viene pa Escocia?, ¿ya esho la entrevista?...
-si, pero en verdá yo na má que voy a í un mé...
-Un mé?, y eso?...
-porque me lo voy a montá de cuco, voy a hacé er cursillo de formación, me voy a jartá de gamba durante un mé y despué les voy a decí que aquello no es lo mío y que me vengo.

-aahhh, no ere tu listo titi… (ya man copiao er plan pensé…) Po lo mismo yo hago lo mismo ¿sabe?...
-po ná, cuando entre, er señor marclau, que e iguá que el pelirrojo de los simpliré pero en grande, te va preguntá cuatro tontería y te va poné delante un plato de gamba. Tu le contestas educadamente, o sea, sin decí picha ni cojone, y las pela to rápido sin comértela y sin chupá las cabesa y, cuando er tío te diga “senquiu” te señalará er plato pa que te lo lleve y lo tire en una papelera que hay a la entrada, y ya sabe, justo al salí, der tirón ¡¡¡to paentro!!!!...
-aro titi, der tirón, a vé si nos vemo en Escocia...
En fin, cuando entré en el hotel ya no quedaba ni un sólo candidato, la recepción estaba completamente vacía y no veía por ningún lado a nadie igual que el de los “simpliré” pero en grande. De repente, me percaté de que se escuchaba un sonido muy, muy raro…
-sssshhhhhhh….sssshhhhhh….sssssssssshhhhh…
Parecía venir de la recepción. Temeroso, me asomé detrás del mostrador y… allí estaba; el recepcionista chupando to las cabesa de gamba que había cogío de la papelera.
- ¿Qués quiere cojone?... ¡ssshhhhhh!... inquirió haciendo gala de su amplia formación en atención al cliente y protocolo.
Le pregunté dónde era la entrevista y me dijo: -sigue er reguero de cabesa y bigote que parte der mostradó... –esto es igual que el mago de oz pero en bajuno, pensé...
A medida que me alejaba de la recepción, disminuía el volumen del ruido que hacía el recepcionista chupando cabezas: -ssssssssshhhhhhhhh, sssssshhhhhh, sssshhhh… y aumentaba la cantidad de restos de gambas por el pasillo. Al final, vi una puerta, llamé, abrí y… allí estaba: un nota con to la cara de un hincha del serti de glasgou mezclao con pipi calzaslargas igualito que el cantante de los simpliré pero en grande.
- esquiurmi, ai gul lai pelar gamba güiz yu... entonse er señor marclau respondió:
-¡qué!, otro que iba al openin ¿no?...
-los muerto der titi…
pensé; me podía haber dicho que lo de marclau era el mote y quer nota era más de cádi quer Macarti…
-Al grano, me dijo, -¿cuántas gamba pela por minuto?...
-cuarenta y osho...
-¿sabe pelarlas con una mano?...
-por supuesto.
-¿dónde adquirió esa habilidad?...
- en mi casa, con mi familia...
- ¿comían gambas a menudo?...
- no, sólo en fin de año y una vé que mi pare chocó contra un traile del romerijo que volcó, perdió la carga y mi pare le tangó una caja...
- ¿y cómo mantiene entonces esa velocidad de pelado con tan poco entrenamiento?...
- jugando al “quien pestañea pierde”...
- ¿en qué consiste ese juego?...
- po verá usted, en fin de año mi pare llega con las gambas y cuando las pone en la mesa dice: ¡el que pestañea pierde!... y como sólo trae dos kilo y somo catorse...
- Ya veo, pues una vez superado el psicotécnico, pasemos a la prueba práctica. Aquí hay dos platos de gambas, uno para mí y otro para usted. En el momento que le dé la señal tendrá que pelar las suyas lo más rápido posible. Si acaba usted antes que yo: contratado. Si soy yo quien finaliza antes, también irá a pelarla...y no me refiero a las gamba...ji,ji,ji...

El Sr. Marclau, el simpliré, tenía un puntito cínico que lo hacía insoportable, pero bueno, aún perdiendo, por lo menos me comería un plato de gambas por la cara.
- Bien, preparados, listos...¡ya!...
El Sr. Marclau era rápido, mejor dicho explosivo. Era una auténtica máquina de pelar gambas al sprint. El nota pelaba una con cada mano al mismo tiempo. Con un movimiento de dedos a modo de pinza, apenas perceptible por la vista humana, les cortaba la cabeza. Después menteré que por eso le llamaban Marclau: tenía la misma habilidá quer de los inmortales pa decapitá a los malo pero aplicada a las gamba. Eso sí, el nota no gritaba aquello de ¡sólo puede quedar uno! sino -¡¡¡no va quedá ni una!!!...¡¡¡aahhhggggg!!... mientras tanto, y viendo que aquello era más una carrera de resistencia que de velocidad, yo seguía a lo mío; aumentando la velocidad de pelado a medida que disminuía la duración del bloqueo mental que sufría cada vez que pelaba una y dudaba entre comérmela o dejarla en el plato... ese bloqueo, ese cambio de chip, me hizo perder unos valiosos segundos al principio pero los recuperé autosugestionándome con un único pensamiento: cuando acabe me voy a jartá. Y así fue. Seguramente, si en lugar de un plato con medio kilo bien servío nos hubieran dado las típicas cuatro gambas chuchurrías que componen las raciones de algunas cervecerías de cádi, me habría ganado de calle; pero no fue así. Acabé batiendo mi propia marca y pelando hasta las del simpliré. Firmé allí mismo el contrato y cuando er nota me dijo – senquiu, tal y como me había aconsejado el titi, salí y me comí tor plato der tirón. No había sentío esa sensación en toda mi vida...bueno sí, era muy parecida a cuando te comprabas un paquete de pipas de las que ya venían pelás y te las comías toas der tirón volcándote el paquete en la boca...
Me parecía mentira, a mi siempre me habían dao mucho coraje los típicos niñatos que eran capaces de pelar las pipas pa después comérselas todas juntas, no soportaba esa paciencia y mucho menos que cuando yo ya había terminao con las mías, ellos todavía las estuvieran pelando y almacenando. Eran los típicos niñatos a los que las gominolas y las chocolatinas que les traían los reyes les duraban tor trimestre mientras que a mí me daba un cólico el mismo día seis por la tarde...yo siempre había sío más cigarra que hormiga...

No me lo podía creer, ¡iba a trabajar “de lo mío”!...¡de pelagambas!...¡y cobrando!...
Al día siguiente metí en la maleta una muda y la bufanda der cádi y me fui pa Escocia.

Trabajar en Escocia fue traumático para mí. Dicen que en general lo es para todos los gaditanos que se van fuera a trabajar. Sostiene mi colega Felipe, er sócrate (que desde quen tersero de bú se quedó pillao leyendo er libro de filosofía na má que lee cosas rara y tiene teorías pa tó), una teoría que dice quel gaditano no emigra, sino que emprende viajes astrales inversos. O sea, que es el cuerpo el que se va y la mente la que se queda en Cádi. Por eso, sostiene er sócrate, es más fási que un gaditano se jarte de trabajá fuera que en cádi; porque fuera su cuerpo lo hace sin pensar, sin mente, sin alma...como si fuera un robó. Así sesplica también que er cuerpo siempre intente vorvé a cádi en cuanto la mente lo encuentra y empiesa a llamarlo recordándole cosas como er carnavá, er veranito, los colega, er furbo, las caballa, er cashondeo, la caleta, etc.
Argo así me pasó a mí en Escocia. No sé cómo, mi cuerpo se fue pallá dejándose el alma en cádi. La verdá es que ar finá en Escocia las pasamo canuta. Y digo pasamo porque er tití, o mejor dicho, er cuerpo der titi, también emprendió un viaje astral inverso y acabó en la misma factoría que yo. Llegamos un 10 de enero. La factoría estaba en un pueblesito costero al norte de Escocia donde los pescadores recogían las rede y las gamba ya salían congelá y tó...que frío carajo...y yo na má que con la bufanda der cádi...
Er primer día, na má llegá, nos enseñaron nuestros alojamientos. Qué cobaso picha; un trastero con er techo de uralita y un corshón pa los quinse que habíamo de cádi. Yo ya estaba mosca, pero er titi...er titi desía que estaba emosionao porque le recordaba la casa de su agüela ener barrio de Santa María... pa eshaslo... A las sinco de la mañana sonó una sirena iguá que la de astillero y pegamo un bote que por poco atravesamo la uralita… - ¿Qué carajo é eso dios mío de mi arma?... De pronto se abrió la puerta y apareció er simpliré con dos nota to grande que nos sacaron a empujone der trastero disiendo: -¡camon!...¡camon!... Nos dieron un pantalón y una camisa coló naranja y nos llevaron en fila pa la factoría que paresíamo los talibane de guantánamo... Cuando nos dimo cuenta ya estabamo pelando gamba. Er simpliré era el encargao de dá er cursillo de formasión y nos lo dió en un cuarto hora. Yo me acordaba del anuncio: “...cursillo de formación de un mes a cargo de la empresa...” -¿yastá?...-¿no duraba un mé cojone?...nos preguntamos. Al terminar las explicaciones, en un perfecto gaditano, porque allí no había na má que andaluse engañao, dijo: -...po esto es lo que hay. Er que no le guste ya puede cogé la puerta, pero que sepa que ante de irse nos tiene que pagá lo que nos debe: una noshe de hotel, el uniforme y er billete de avión... -¿una noshe de hotel?
-interrumpí indignado, -anda home, si estamo alojao ener meliá uralita...
Er guantaso que me dieron por abrí la boca me quitó er frío der tirón. Me giré pa partisle la cara “ar que hubiera hesho” y detrá tenía a los do ayudante der simpliré con to la cara de haber salío de figurante en breijér y no haberse quitao er disfrá... Había que trabajá un mé como mínimo pa podé pagá la deuda, o sea, que no íbamo a vé un euro en dos mese... quince gaditano traisionao por otro gaditano, lo típico, como a mí man puteao, po tú te va enterá... ya lo dijo Saramago…
Er titi era el eslabón que me precedía en la cadena de pelado de gamba. A él le tocaba quitá las pata y a mí la cáscara. Aquello era como la lleneral moto pero con gamba. Cada cadena de pelao la formaban tres nota: el primero cortaba las cabesa, el segundo quitaba las pata y er tersero la cola y la cáscara. O sea, que yo era el último mono pelagamba, el último eslabón de la cadena... más bajo no podía caé...
Nada más colocarnos en nuestros puestos, apareció er simpliré y nos dejó delante un contenedó lleno de gamba con un papelito en el que venía el número exacto de bicho que había dentro. Er simpliré nos dijo que si a la siguiente fase de la cadena, que era la de envasao, no llegaba el mismo número de gamba, a cada empleao de la factoría le quitaban una libra por cada una que faltase. Lo tenían bien montao los cabrone, porque si er castigo fuera el despido...po adió; pero de esta manera, si fartaba una gamba, ya te podía í preparando que la paliza que te iban a dá iba a sé shica... Cada operario tenía derecho a darte una cachetá por cada gamba que fartase. Había unas quinientas cadenas de pelao y otras tantas de envasao, tres tíos en las de pelao y otros tres en las de envasao, o sea, mil cadenas, a tres tíos por cada una, tres mil tíos con las mano como manojos de… y además congelaos; dispuestos a quitarse er frío a guantaso. Aquel método y aquellas cifras nos convencieron, así que, de momento, tuvimos que olvidarnos de lo de “cuando acabe me voy a jartá”.
Estuvimo pelando gamba hasta las onse de la noshe y ar llegá ar trastero, completamente extenuaos, nos reunimo los quinse que habíamos de cádi. Lo primero que hisimo fue mirá el armanaque. Uno se acercó y señalando las fechas dijo: -Se supone quer período de prueba dura un mé, o sea, que a estas alturas (señalando el 10 de febrero con el dedo) ya sabremo to lo que hay que sabé sobre pelá gamba y entonse nos harán fijos... -¿fijo?...fijo se va a quedá asquí su puta madre, dijo er titi, -aquí no habemo venío pa hasé er candao, pa mamarla me hubiera quedao ener cortinglé que por lo meno está al lao mi casa carajo, mañana mismo la vamo a liá y pasao pa cádi der tirón, er que esté cormigo que lo demuestre...¡simpliré!... -y los otros trece, enfervorizados, respondieron al unísono: -...¡caaaaabrón!... Miedo me daba er titi cuando se ponía así. Acababa de empezar la penúltima revolución obrera y la lideraba er titi. El plan era hacer huelga y er titi propuso que la hiciéramos a la japonesa... -¿con los ojo asín?... -dijo er sapo, pero ante de que terminara de decirlo, er titi ya le había hecho la mosqueta de un guantazo; por gracioso. Huelga a la japonesa, ese era el plan. A las cinco y media en punto, el simpliré dejó delante de cada cadena er contenedó de gamba y empesamo a pelá. La huerga consistía en pelá las gamba lo más rápido posible pa terminá cuanto antes, pero a la hora de pelá, el último de cada cadena, el que quitaba la cáscara y la cola, al dar el pellizco para quitar la cola le tenía que quitar un cacho de carne a cada gamba y echarlo al cubo con las cáscara. De esa forma, el número de gamba no variaría pero nosotros tendríamos toda la tarde libre pa í a buscá los bidone con los desperdicios y jartarnos de comé culito de gamba en el Meliá Uralita... No podía fallá. Era un plan perfecto. Miserable pero perfecto. Aparentemente todo iba bien; al cortarle la cola, yo le quitaba un cacho a cada gamba y lo echaba en er cubo de las cáscara. A eso de las cuatro de la tarde, er titi me pasó la última gamba y dio la señal que los otros catorce teníamos que responder y que suponíamos haría rebelarse al resto de compañeros explotaos...
-¡simpliréeeeeeee!...
Y yo, emocionao por la demostración de valor que estábamos a punto de realizar delante de aquellos negreros, y ciegamente entregado a mi nuevo líder er titi, cogí aire y grité fervientemente con todas mis ganas: -...¡caaaaaaaaabrón!....
Nadie más gritó. Sólo er titi y yo. En cuestión de segundos teníamos a los dos de breijér en lo alto dándonos guantazos por tos lao. Inmediatamente er simpliré se puso a contá las gamba pa vé si faltaba alguna y, aunque yo creía que por lo menos del linchamiento público nos íbamos a librar, resultó que con la emoción del momento, al decir ¡cabróoon!, levanté los brazos entusiasmado y tiré la última gamba para arriba; con tan mala suerte que describió una parábola perfecta para terminar cayendo exactamente sobre el sapo, uno de los trece de cádi que se suponía que tenía que haber dicho cabrón y que, dolorido aún por el guantazo que le había dao er titi la noche antes, se limitó a hacer honor a su nombre abriendo su inmensa boca para tragarse la última gamba y permitirse un humillante y extenso erupto mientras a nosotros nos la daban mortal...
Nos dieron los tres mil guantazos a cada uno y nos despidieron. Sin un céntimo, nos vimos obligados a buscarnos la vida de alguna forma para sobrevivir y volver a casa y ahí fue cuando comprobamos que la necesidad agudiza el ingenio. Se nos ocurrió una idea brillante, o eso pensamos al principio. Nos pasamos dos semanas haciendo mimo y cantando carnaval en las calles de Edimburgo pa juntá pa el avión de vuelta. Cantábamos un cuplé guarrón de “Los que se lavaban la boca con jabón”, una chirigota ilegal de las más ordinarias de los últimos carnavales, y antes de acabar nos quedábamos quietos esperando que alguien echara una moneda para escuchar el final. Creíamos que si nos quedábamos paraos antes de la úrtima rima, la gente se quedaría to intrigá y echaría otra moneda pa escushá er finá; pero que va...
Er plan fallaba por dos motivos fundamentales: er primero, que cantábamos en español y los escoceses no se enteraban de ná, y el segundo, que los pocos turistas españoles que nos escuchaban no se quedaban intrigaos porque ya se veían vení er finá...
“...me dijo querido, no me gusta sorolla
ya lo sé cariño, te gusta más mi....”

(aquí nos quedábamos parao)
Ar finá, los billete nos lo pagó er dueño de un restaurante con la condición de que dejáramos de hacer el gilipollas en su puerta. Llegamo a madrí un domingo, y como güenos cateto nos bajamos del metro en la puerta del sol y compramos er diario de cádi en uno de los kiosko.
Er diario traía por aquel entonces una sección llamada “embajadores” en la que cada semana sacaban a algún gaditano que hubiera triunfao fuera de cádi. Er protagonista de esta semana era...¡er simpliré!...er cabrón que nos había llevao engañao a Escocia.
Debajo de una foto suya con la bufanda der cádi y rodeao de caja de gamba ponía: “Casi todas las noshe sueño que vuervo a cádi y me como una caballa en la caleta al lao de Paco Alba”... ahí fue cuando lo perdonamo. Comprendimo quer simpliré no era más que un robot, un cuerpo sin alma jarto de viajes astrale que, como nosotros, había recibido “la llamada” de su mente y deseaba volver a su casa cuanto antes. -¡Killo! , me dijo er titi, ... -¡¡¡ya estoy yo cantando en cádi!!!...